Husky
Memorial para un compañero de vida
A Husky lo encontré en ANAA. Era un pointer mestizo, mayor, con el cuerpo ya castigado: artrosis, artritis, las patas torcidas… y esa expresión de perro que ha vivido demasiado mal y demasiado solo. Me dijeron que no se adaptaba, que era complicado, que llevaba tiempo en una jaula rodeado de huskies que ni siquiera le dejaban comer.
El día que abrí la puerta del coche, Husky salió corriendo hacia mí con su forma rara de moverse, como si desde siempre supiera que yo era su sitio. En ese momento entendí que no me equivocaba: él solo necesitaba que alguien lo mirara con cariño y no con prejuicio.
Cuando llegó yo estaba soltera. Años después nacieron Gonzalo y Jorge, y Husky se convirtió en su sombra buena: cuidadoso, noble, protector. Nunca hubo un mal gesto, nunca un susto. Era un perro especial, aunque eso sí… las perras no eran lo suyo; él siempre iba detrás de los perros, tenía sus manías y su mundo interior.
Vivió con nosotros diecinueve años. Una vida entera. Y aún al final, cuando el cáncer lo estaba destruyendo por dentro, él seguía sin quejarse, queriendo estar, queriendo acompañarnos un poco más. Tomar la decisión de dormirlo fue una de las cosas más dolorosas que he hecho, pero también la última forma que tuve de quererle bien.
Husky me enseñó muchísimo sin decir una palabra. Me acompañó cuando estaba sola, creció conmigo, cuidó de mis hijos y llenó nuestra casa de una bondad sencilla, de esa que no pide nada y lo da todo. Para mí no fue “como” uno más de la familia: fue familia. Y lo sigue siendo.
A veces cierro los ojos y lo veo corriendo por la arena, con esas patas torcidas, convencido de que un día atraparía a la gaviota que perseguía. Y pienso que ojalá todos pudiéramos vivir con esa mezcla de dignidad, alegría y terquedad bonita que él tenía.
Husky fue un gran perro. Y siempre lo será.




